Tuesday, May 30, 2006

El nacimiento de Frankenstein

El nacimiento de Frankenstein o El moderno Prometeo de Mary W. Shelley hay que buscarlo en un atardecer de junio de 1816. Se encontraba en Villa Diodati, a orillas del lago Léman, en Suiza, junto con su amante y posterior marido, Percy B. Shelley; Lord Byron, la hermanastra de Mary, Claire Vlairmont; y John William Polidori. A causa de la inclemencia del tiempo se veían obligados a recluirse en la casa y se entretuvieron leyendo en voz alta, al calor del fuego, las historias de un libro titulado Fantasmagoriana. Cuando estaban a punto de retirarse a sus habitaciones, Byron animó a todos a escribir una pequeña historia de fantasmas. Polidori y Mary escribieron dos pequeños cuentos. El del primero se titulaba El vampiro, el de la segunda, Frankenstein. Percy Shelley leyó el de su joven compañera de dieciocho años, que ciertamente impactó a todos, y la animó a desarrollarlo en una novela. El 11 de marzo de 1818 se publicó con el título de Frankenstein; o, El Moderno Prometeo. Muchos pensaron que Shelley, que había escrito la introducción, era también el autor, y la verdad es que la novela no era ajena a su influencia. Leemos en el diario de Mary en la fecha 14 de mayo de 1817: “Shelley lee Historia de la Revolución Francesa y corrige Frankenstein. Escribir prefacio. Finis.”

Mary conoció a Percy en 1812. Ella tenía quince años y él aún estaba casado. Se volvieron a ver dos años más tarde. Inmediatamente se enamoraron y abandonaron Inglaterra acompañados por la hermanastra de Mary, Jane Clairmont. Del dos al siete de agosto estuvieron los tres en París. Como su objetivo era llegar hasta Suiza, compraron un burro y se pusieron en marcha. Disponían de muy poco dinero y se vieron obligados a alojarse en cualquier sitio. El 19 de agosto entraron en Suiza. En Lucerna leyeron la Histoire du Jacobinism, de l’Abbé Barruel. La aventura durará hasta mediados de septiembre. De vuelta a Inglaterra, mientras Mary se enfrentaba a su padre defendiendo su deseo de vivir junto a Percy, comenzó a estudiar griego. Mantendrá intacta la pasión por esta lengua durante toda su vida. Se casó con Percy en diciembre de 1816, poco después del encuentro en el lago de Léman. Un mes antes él había enviudado. Seis años más tarde, el 8 de julio de 1822 Percy murió ahogado, durante una tempestad, en la bahía de Spezzia. Llevaba consigo su traducción del Banquete de Platón, obra que había encontrado pocos días antes, después de haberla dado por perdida. L. E. Fournier pintó, en 1889, la incineración de su cadáver en Viareggio, en presencia de Edward John Trelawny y Lord Byron (Walker Art Gallery, Liverpool), frente a las islas de Gorgona y Elba. La pintura plasma el momento más grave del rito, pero no el más trágico. Éste tuvo lugar cuando Trelawny rescató de entre las llamas el corazón de Shelley, para impedir que se calcinase. Circula una anécdota, que no parece posible contrastar, según la cual Mary conservó hasta el final el corazón de su marido envuelto en un paño de lino. Cuando sintió próxima su muerte, exigió ser enterrada con él.

A la hora de buscar los precursores que Frankenstein, como toda obra genial, genera, los estudiosos han apuntado a muy distintas direcciones. Son, sin duda, las obras menores las que se encuentran cargadas de deudas para con el pasado, mientras que las grandes, lejos de depender genéticamente de antepasados más o menos ilustres, se crean su propia genealogía y, de esta manera, proyectan sobre el pasado una nueva luz, descubriendo perfiles que sin ella hubiesen quedado inéditos. La luz de Frankenstein ilumina hasta la propia biografía de su autora. Nació en Londres en 1797. Su padre, W. Godwin, estaba relacionado con William Hazlitt, Samuel Taylor Coleridge, Charles Lamb…. Había escrito Investigación acerca de la justicia política (1793), obra que causará una profundísima impresión en su país y que convertirá a su autor en uno de los principales referentes de las discusiones políticas de la época. El propio Shelley se sintió fuertemente influido por ella, de forma que su Prometeo tiene mucho de reivindicación poética de las teorías de su suegro. El fundamento del pensamiento de Godwin se puede resumir de la siguiente manera: el mal no es inherente a la naturaleza humana, sino accidental, por lo tanto, como había creído Rousseau, puede ser eliminado. “En el estado primitivo del hombre –escribe en Investigación- no abundaban las enfermedades, el afeminamiento y el despilfarro, y en consecuencia, las fuerzas estaban muy equilibradas entre los hombres. También entonces el entendimiento de todos era limitado y sus necesidades, sus ideas y sus opiniones estaban todas aproximadamente al mismo nivel. Era de esperar que al salir de esa fase se produjeran grandes irregularidades que los conocimientos y perfeccionamientos posteriores tendrán que mitigar.” Su madre, Mary Wollstonecraft, fue admiradora de la causa de la Revolución Francesa. Tanto es así que abandonó su patria para poder seguir el proceso revolucionario en las mismas calles de París. Publicó, criticando a Burke, una Défense des droits de l’homme en 1790. Está considerada como una de las principales precursoras del feminismo por su obra Una Vindicación de los derechos de las mujeres (1792), sobre la que volveremos más adelante.

Basta con tener en cuenta la biografía de Mary para sospechar que su Frankenstein es algo muy distinto a una novela gótica. Tampoco puede reducirse a una puesta en escena del miedo del hombre moderno ante los ciegos avances de la técnica. En ella late algo distinto. Algo que se insinúa en el epígrafe de la edición original con los siguientes versos de El Paraíso perdido: “¿Te pedí / por ventura, Creador, que transformaras / en hombre este barro del que vengo? / ¿Te imploré alguna vez que me sacaras / de la oscuridad?”

Mary reconoció más tarde haber asistido a numerosas discusiones de carácter filosófico entre Lord Byron y Percy Shelley. Uno de los temas sobre los que recaía su interés era el del principio de la vida, así como sobre los experimentos de Erasmus Darwin, el abuelo de Charles Darwin, de Luigi Galvani y de Giovanni Aldini... Pero el interés por la creación de la vida tampoco agota el significado de esta obra. En el mismo titulo, Frankenstein o el moderno Prometeo, ya se nos sugiere que Mary quiere enseñarnos el rostro de un Moderno Prometeo que puede crear con su avanzada tecnología estatuas de una gran complejidad, pero que descubre, atónito, que cuando estas toman vida lo primero que reclaman es algo no técnico, el reconocimiento de su creador. Y es aquí donde se muestran los límites del científico. Sus criaturas no quieren ser aceptadas por un teorema, sino por un ser humano.

La criatura de Frankenstein no es culpable por haber salido imperfecta de las manos de su autor. Tampoco es culpable de no tener ni tan siquiera un nombre propio. Pero de nada le sirve la reivindicación de su inocencia. Frankenstein había puesto todas sus ilusiones en un proyecto que ha resultado frustrado. Cuando estaba convencido de que estaba creando un hombre nuevo se sentía empujado por un “acicate irresistible”, un “ardor apasionado” y sostenido por una “constancia inquebrantable”. Llegado el momento decisivo, "con una ansiedad casi agónica, coloqué al alcance de mi mano el instrumental que iba a permitirme encender el brillo de la vida en la forma inerte que yacía a mis plantas. Era la una de la madrugada, la lluvia repiqueteaba lúgubremente en las calles y la vela que iluminaba la estancia se había consumido casi por completo. De pronto, al tembloroso fulgor de la llama mortecina, observé cómo la criatura entreabría sus ojos ambarinos y desvaídos. Respiró profundamente y sus miembros se movieron convulsivos". La decepción de Frankenstein será tan enorme como su esperanza. "Mi desilusión no conocía límites". A partir de este momento la novela no narra otra cosa que la demanda de una mirada comprensiva (ya que no de aceptación) por parte de una criatura inocente hacia un creador tan defraudado como esquivo. "Debo ser vuestro Adán -le dice- y, sin embargo, me tratáis como al ángel caído y me negáis, sin razón, toda felicidad."

Frankenstein no puede perdonarle a su criatura que no esté a la altura de sus expectativas tecnológicas. Ésta, por su parte, no puede comprender por qué su creador, habiéndole dado la vida, le ha negado el disfrute de la felicidad. "Concededme la felicidad y seré virtuoso". La respuesta que recibe no puede ser más lacerante: "¡Libra mis ojos de tu inmunda vista!". El joven Victor Frankenstein se había imaginado un futuro bien distinto cuando en su juventud se extasiaba contemplando el fluir del agua del río Isis que corría por su ciudad natal. Ahora tiene que apartar su mirada, llena de asco, de un ser que refleja toda su vida como una abominable parodia. El todopoderoso no puede aceptar el reconocimiento que le otorga la obra salida de sus manos y es del todo incapaz de concederlo él mismo. El rechazo de Victor Frankenstein tiene un doble efecto: lo convierte a él en un idiota moral y a su criatura en un monstruo. Frankenstein es un Prometeo patoso y sin escrúpulos que no puede aceptar su imagen reflejada en las pupilas de su obra. Es el mayor ignorante de la novela. No es capaz de comprender que es menos humano que su monstruo. No puede completar su diseño ni es capaz de convivir con él. Su única alternativa es la huida o la anticipación del Apocalipsis.

Con respecto a la criatura, lo que más nos duele no es su sufrimiento, sino su total ausencia de justificación. “Satán –dice- tiene, al menos, compañeros, otros seres diabólicos que le admiran y le ayudan. Pero mi soledad es absoluta y todos me desprecian.” Su propia rebeldía está motivada por su incapacidad para explicar su dolor y su soledad. Es una criatura sin patria, porque no dispone de ningún ámbito en el que poder mirar cara a cara al otro sin sentirse humillado. Su rebelión no es innoble en sí misma. Al contrario, no puede ser más humana. Y, sin embargo, cada vez que se presenta una mínima posibilidad de aceptación, acaba tiñendo su esperanza con sangre ajena. Su legítima reivindicación de justicia lo empuja progresivamente hacia una huida sin fin, hacia un adelante cada vez más mezquino. Acaba siendo sepultada por su legítima y frustrante reivindicación de inocencia. No puede darse a sí mismo una identidad social, ni inscribirse en un proyecto de cultura, ni aspirar al estatuto de heredero. “Sólo una mujer tan monstruosa y deforme como yo estaría dispuesta a concederme su amor; una mujer que fuera en todo semejante a mi, que poseyera incluso mis defectos”.

En el comienzo de la obra el doctor Frankenstein confiesa a Robert Walton, que la vida o la muerte de un hombre no son sino un módico precio cuando se trata de conquistar, a cambio, los conocimientos que busca, "la sabiduría que quiero alcanzar para poder transmitirla a la posterioridad y favorecer con ello al género humano". Pero esta confesión está realizada por alguien que contempla retrospectivamente su obra con temor y que necesita imperiosamente un amigo en el que confiarse. "Los hombres -añade- somos seres incompletos". El entusiasmo que dinamizó su esperanza era el de acabar con toda limitación antropológica y, paradójicamente, ha acabado alienado él mismo. No comprende que necesitamos para completar nuestra existencia no es saber técnico, sino la humanidad de otra persona que pueda reconocernos sin vergüenza ni temor.

Independientemente de ciertas críticas que podamos hacer a la trama de esta novela, hemos de reconocer su capacidad para atraer nuestra atención hacia situaciones en las que el infortunio es, a la vez, irreal y perfectamente verídico. La alegoría penetra, vivifica y tensiona el texto desde la primera a la última página, mostrándonos una existencia que no puede encontrar fácil cobijo entre los límites de un mundo que ha sido creado por un ser tan poderoso como esquivo. En esta alegoría el monstruo por sí solo no representa al hombre, aunque es, sin duda, el más humano de los protagonistas, precisamente por su imposibilidad para realizar su sensibilidad ética. Sus generosos impulsos se vuelven contra él, alimentando un despecho que acabará dirigiendo contra su creador. Al doctor Victor Frankenstein le ha pasado algo parecido, y por eso mismo representa la otra faz de lo humano, aquella que no encuentra la manera de canalizar la energía frustrada sino es contra su propia obra, es decir, contra sí mismo. Ambos conforman la imagen del moderno Prometeo, bien como héroe arrepentido de haberlo sido, bien como víctima del entusiasmo desmedido de un salvador cautivo de su propio orgullo.

2 comments:

Anonymous said...

Frankenstein es una novela alucinante, todo el mundo piensa que ya conoce la historia y quizas sea esa la razon por la que gusta tanto. recomiendo una muy buena novela con un maravilloso transfondo.

jose said...

Los añadidos y correcciones de Percy Shelley me parecen innecesarios y de hecho perjudiciales. Con frecuencia añade líneas en las que hace pensar a Victor cosas que ya sabemos que piensa por los párrafos anteriores, como si fuera una voz en off de una película que nos cuenta con palabras lo que ya estamos viendo. Para mí, lo único que consiguen es aumentar el tono grandilocuente de la novela.

Debería hacerse una edición sin las manipulaciones de ese hombre, lo más fiel posible a la voluntad de la verdadera -y única- autora.